26.7.06
46.

Senderos y puentes colgantes me llevan a la base de una montaña. Hacia arriba, entre piedras húmedas y sauces llorones y arroyos del deshielo. El viento chifla una melodía de terror al ritmo de los bambúes que danzan, bosques enteros se inclinan hacia el este y después hacia el oeste. Y otra vez. Fijo la vista con cuidado, en la esperanza de ver algún Panda, pero no.
Pero encuentro una persona. Es chino o algo así. Va de túnica marrón, pelado, las manos vacías. Un hare-krishna me digo. Pero no entrega panfletos ni toca la pandereta. Al contrario, me hace señas que lo siga. Y yo veo que ya oscurece y lo sigo, por ahí tiene un hostel ahí en la montaña, ya estoy cansado.
Su hostel es una cabaña de bambú con pocas habitaciones. Pero sí, tiene comida y agua potable y una esterilla donde uno puede descansar gratis. Y una incontable banda de mandriles que lo sigue a todas partes y parecen obedecerle ciegamente.
La primera sorpresa es que habla inglés. La segunda es que sabe mi nombre. La tercera es el trato que me propone. Yo dejo de hablar y fumar sacar fotos y a cambio, por el tiempo que me quede en la montaña, él promete enseñarme artes marciales.
Acepto.
Y por la noche, a punto de hundirme en el sueño profundo del nirvana, siento el olor, lo escuho primero. Y después lo veo. Allá abajo, lento y cauteloso entre los bambúes, un tigre blanco.

Raf
19.7.06
45.
Y de pronto, a un escalón de distancia, la libertad. No de las tarjetas de crédito y los celulares, ni de los nuevos esclavistas, ni del petróleo ni de las noticias. Incluso acá en la India suenan y brillan y escupen. Los terremotos, el hambre y los trenes volando como gusanos de hierro y fuego por los aires densos de las estaciones, todo eso los atrae.
No. La Libertad. De mí mismo. De ambiciones mediocres, de egoísmos fáciles, de dramas virtuales, de ropas y de fotos y de pasaportes. A un escalón de distancia.
Esto ya pasó. El paso lo dí. De pronto estaba de vuelta en la tierra, rodeado de gentes extrañas y sus extraños olores y su incomprensible idioma, en un pueblo perdido, sin destino ni planes. El tren y y el pasado se fueron apenas me mezclé en la masa humana miserable de las calles.
Vagué así, no sé, durante días, y el pueblito y sus calles no se terminaban, subían y bajaban entre montañas y ríos, se hundían en lagunas de barro, se recortaban en sectores de selva pura, pero ahí nomás, seguían. Más casuchas, más carteles, más parloteo humano. Siempre algún colchón de paja o de resortes viejos donde escuchar a las estrellas y olfatear esas noches que parecían llenas de tigres invisibles.
Un país tan hermoso, un país tan terrible, que no son las palabras ni la vista ni los oídos lo que uno usa para sentirlo. Sinó el silencio.
Callé por un tiempo. Soñé. Desaparecí.
Raf
18.7.06
44.

El tipo, oculto detrás de unos anteojos setentosos y bien feos, me preguntó qué hacía por ahí. En principio no tenía ganas de darle charla pero como estaba aburrido y el tren no iría a arrancar por las siguientes dos horas como mínimo, empezamos a hablar. Por un momento desconfié. Tenía pinta de "occidental", pero sacando las horribles gafas vestía unas telas largas medio enrolladas por el cuerpo. Sin embargo a los pocos minutos ya le estaba contando que estaba con un amigo viajando sin un rumbo ni destino fijo y con sólo una dirección: empezar en Tokio y viajar siempre hacia occidente. Obvio, casi todo desde Tokio es occidente, pensé una vez que ya lo había dicho, pero como el tipo se quedó callado no volví sobre eso. Y así, de a poco, le conté cómo habíamos empezado, la gente que habíamos encontrado, las cosas que habíamos hecho hasta ese momento... No sé porqué, pienso que por mi aburrimiento, la necesidad de hablar con alguien para que se pase el tiempo, el efecto de la mala cerveza o el calor agobiante, comencé a contarle con lujo de detalle nuestras experiencias en Japón y la China. Al menos todo lo que recordaba. Cuando ya no me quedaban más detalles por recorrer, me preguntó si podía darme una opinión de nuestro viaje. Lo que ya habíamos hecho, hecho estaba, no había vuelta atrás, así que acepté y comenzó a hablar. Lo hizo por un par de minutos sin que lo interrumpiera. Al finalizar hizo un silencio. Iba a contestarle pero siguió. Me hizo un par de preguntas, como pidiendo perdón por opinar. Me levanté y le contesté. Por un lado sí, efectivamente Raf seguiría viendo la realidad desde su muy particular prisma tiñiéndola de los colores imposibles que surgen de la descomposición de su propia luz, siempre y cuando no estuviera drogado, lo que sumaría psicodelia enloquecida. Yo, por mi parte, obviamente seguiría rescatando a cuanta mujer de oriente se me cruce en el camino permitiéndole que me agradezca no sé qué. Y más aún si esas mujeres fueran actrices porno. Me despedí del sujeto con un saludo amistoso. Después de todo habíamos estado hablando bastante tiempo. Al alejarme y después de haber estado reflexionando casi inconscientemente acerca del viaje me alegré de que lo que habíamos vivido sean historias no-historias, de que lo que para mi o nosotros haya sido mucho más que interesante para otros no lo sea, y, sobre todo, que hasta ese momento no haya pasado nada ni pase nada en un fututo al menos cercano. Y me sentí conforme. No. Mentira. Conforme no. Algo mucho más. Satisfecho. O contento, mejor dicho. Sí. Contento con que el viaje, mi viaje y sus recuerdos, sean flashes de caprichos descriptivos con rápidos y cómodos comienzos y con una imaginación masturbatoria y sencilla. Después de todo, esa era la idea desde un principio, lo que significaba que íbamos por el buen camino.
Entonces busqué mi vagón y decidí esperar dentro de mi camarote. A través de la ventanilla pude observar como el tipo seguía sentado en el banco del andén. Al rato, más pronto de lo esperado, el tren comenzó a moverse muy lentamente y en menos de dos minutos ya estábamos en medio de la selva de nuevo...

roy
1.7.06
43.
Saqué unas fotos. Me tomé una cerveza inglesa bastante fea. Di unas vueltas. Busqué alguna cara conocida o sea Raf, las gringas, algún pasajero con el que haya hablado... Nada. Poca gente en el andén y en los alrededores. Personal del tren que iba y venía pero a ritmo muy tranquilo mientras charlaban, reían y fumaban.
Sentado a la sombra en el banquito debajo del cartel de la estación me acordé de Neve. Lamentablemente no pude pensar en ella mucho tiempo. Un tipo se me sentó al lado y se me puso a hablar.

roy